Hoy me decidí a dejar atrás todo lo pasado, a volver a nacer. Hoy me decidí a disfrutar lo que me esta pasando en este hermoso presente, dejar a un lado las tristezas y entender de una buena vez que esta es mi oportunidad de ser feliz. Por eso, nuevamente volví a suprimir todo lo escrito anteriormente en este blog, para que él, también empiece de cero.
Tengo mis razones para elegir esta aparente amnesia de todo tiempo pasado. Una de esas razones es una persona muy especial en mi vida, que apareció en uno de los peores momentos, pero que con muy poco esfuerzo revirtió totalmente esa situación. Una persona que no se merece realmente, mis cambios de humor ante el primer indicio de un mal recuerdo, o de un buen recuerdo, pero que trae otros muchos malos. Me quiero reescribir con él, quiero ser una persona nueva. Poco a poco fui logrando volver a ser yo misma, pero es que ahora ni eso me sirve ya. Necesito estar en blanco.
Otra cosa que decidí en este extraño día, de lluvia matinal y un sol radiante a estas horas de la tarde, es volver a escribir. Gracias a mi profesora más querida, y a su ejercicio, que me hicieron dar cuenta de lo bien que me hacía expresarme en forma escrita, y que no necesariamente tenga que abandonarlo por una mala experiencia en el amor, y una dosis de terapia. Así que aquí estoy, nuevamente en este blog que tantas veces fue escrito, y tantas veces borrado también. Por hoy voy a dejar un cuento de Eduardo Galeano, que paradójicamente a lo que antes escribo, me lleva a un pasado, no tan pasado. Un buen recuerdo, que no quisiera borrar, ya que ese pasado, vive aún en mi presente.
La pequeña muerte, Eduardo Galeano.
No nos da risa el amor, cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.
Tengo mis razones para elegir esta aparente amnesia de todo tiempo pasado. Una de esas razones es una persona muy especial en mi vida, que apareció en uno de los peores momentos, pero que con muy poco esfuerzo revirtió totalmente esa situación. Una persona que no se merece realmente, mis cambios de humor ante el primer indicio de un mal recuerdo, o de un buen recuerdo, pero que trae otros muchos malos. Me quiero reescribir con él, quiero ser una persona nueva. Poco a poco fui logrando volver a ser yo misma, pero es que ahora ni eso me sirve ya. Necesito estar en blanco.
Otra cosa que decidí en este extraño día, de lluvia matinal y un sol radiante a estas horas de la tarde, es volver a escribir. Gracias a mi profesora más querida, y a su ejercicio, que me hicieron dar cuenta de lo bien que me hacía expresarme en forma escrita, y que no necesariamente tenga que abandonarlo por una mala experiencia en el amor, y una dosis de terapia. Así que aquí estoy, nuevamente en este blog que tantas veces fue escrito, y tantas veces borrado también. Por hoy voy a dejar un cuento de Eduardo Galeano, que paradójicamente a lo que antes escribo, me lleva a un pasado, no tan pasado. Un buen recuerdo, que no quisiera borrar, ya que ese pasado, vive aún en mi presente.
La pequeña muerte, Eduardo Galeano.
No nos da risa el amor, cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.
No hay comentarios:
Publicar un comentario