Humildemente decido una vez más escribirte. Son momentos en los que por una u otra situación, mi mente queda totalmente en blanco, y es ahí, cuando surgen las palabras, brotan a borbotones, y ya es imposible pararlas, necesitan salir al mundo, necesitan cobrar vida, esperar a que alguien las lea, las acune en su mente y allí se quedan, hasta el momento en el que nuevamente les despierta esa ansiedad por la libertad. Podría decir que ellas son mi libertad. Por eso es que cuidadosamente, intento escribirlas, decirlas, gritarlas, cada vez que ellas lo requieren, por mí, por ellas... Pueden acusarme de verborrágica, más me enorgullece ese título, si gracias a eso puedo decir que soy libre.
Y es hoy que con absoluta sinceridad te escribo. Sí, lo hago para pedirte una vez más que no dejes nunca de ser la persona que sos. Que me molestes hasta el hartazgo, y lo hagas con el corazón, con las tripas, creyendo en la tormenta que eso puede desatar, pero en el fondo sabiendo de la fugacidad de ella. Porque no hay nada más lindo, que una pelea sin sentido que viene acompañada con una de tantas reconciliaciones. Y sí, yo nunca voy a dejar de ser esa cabrona de siempre, para que nuestro juego nunca tenga final. Porque al fin y al cabo es eso, un juego. La diversión de jugar a enojarnos, sabiendo que vamos a terminar revolcándonos, riendo como dos niños, abrazados, diciéndonos todas las palabras del amor. Por eso mi amor, amáme hasta que te canses de mí, y aún así nunca dejes de hacerlo. Puede que mi pedido parezca egoísta, pero cómo no ser egoísta cuando a una le brindan el amor más puro y gratificante de todos, soy humana, y los humanos siempre queremos lo mejor para nosotros mismos, aunque algunos digan lo contrario.
Por eso mi amor, quedáte conmigo.
viernes, 1 de octubre de 2010
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